Pedro
El olor de una mentira es algo denso, artificial. Huele a tinta seca, a pergamino viejo tratado con conservantes químicos para evitar que se amarillee demasiado rápido, y al toque metálico de la sangre reseca que alguien intentó, sin éxito, frotar y limpiar del lomo de un libro de contabilidad.
Me senté solo en los profundos archivos subterráneos de la finca del norte, bajo las raíces de piedra de la fortaleza, donde el aire siempre era diez grados más frío que en la superficie congelada.