El café frío tiene un sabor amargo, casi metálico, que se pega al paladar como una mala decisión. Eran las seis de la mañana y la cocina de la mansión, ese santuario de mármol que usualmente dominaba con el aroma a mantequilla y tomillo, se sentía ahora como una sala de espera de hospital. Apenas había dormido dos horas. Cada vez que cerraba los ojos, el fantasma de las manos de Alexander sobre mi cintura en el sofá del despacho me sacudía, devolviéndome a una vigilia eléctrica y hambrienta. La sensualidad de la noche anterior seguía suspendida en el aire, una neblina invisible que me dificultaba respirar. Mi cuerpo recordaba la presión de sus labios, la urgencia de sus dedos trazando la curva de mi espalda, y ese amor-odio que se retorcía en mi pecho como una criatura viva. Me odiaba por ceder ante él, por dejar que su armadura de CEO se agrietara solo lo suficiente para atraparme en su gravedad. Pero sobre todo, odiaba que, por primera vez, el contrato se sintiera como una jaula pe
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