Eloise subió las escaleras lentamente, intentando dejar atrás el sabor amargo del enfrentamiento con la tía Carla. En la habitación, dejó caer el cuerpo sobre la cama durante unos segundos, respirando hondo. Pero no pudo resistirse al deseo de darse una ducha larga. El agua tibia resbalaba por su piel, como si lavara no solo la tensión, sino también las huellas de la última semana. Era imposible no recordar… el beso en el coche, las manos firmes de él explorando cada centímetro, las noches en las que no existió mundo fuera de la piel de Augusto Monteiro. Una pequeña risa escapó sola de sus labios. — ¿Qué estás haciendo, Eloise? —murmuró para sí misma, sacudiendo la cabeza, como si pudiera convencer a su corazón de ser más racional. Después del baño, se puso un vestido holgado, ligero y cómodo. Peinó sus largos cabellos aún húmedos y esparció crema sobre la piel, sintiéndose nuevamente en casa, sin maquillaje, sin armaduras. Solo ella. Cuando bajó las escaleras, todavía secándose
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