Entonces, él la tomó de la cintura y el beso sucedió como si fuera inevitable: cálido, urgente, arrebatador. Eloise sintió que todo su cuerpo ardía. El sabor del vino, el toque firme de las manos de él, el calor que parecía subir desde la piel hasta el pecho. Augusto la levantó con facilidad y la sentó sobre la mesa, acercándose aún más. Las piernas de ella se entrelazaron alrededor de su cintura, atrayéndolo hacia sí. El beso se profundizó, mientras las manos de él recorrían su cintura, su espalda, sus muslos. Ella jadeó contra sus labios, y la sensación de estar tan cerca, tan entregada, solo avivó más el fuego. Tuvieron que separarse apenas para recuperar el aire, pero sus miradas seguían atrapadas la una en la otra. Afuera, la lluvia caía con fuerza, como si intentara apagar el incendio que crecía entre ellos. Pero dentro de aquella cocina, nada podía enfriarlos. Eloise sostuvo el rostro de él entre las manos, como si no quisiera que aquel momento terminara jamás. Augusto,
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