La sala de conferencias de la fiscalía apestaba a café rancio y traición. Sobre la mesa de metal ya no había diseños de código ni arquitectura de software, sino el cadáver de nuestra familia: informes forenses digitales, transferencias bancarias a las Islas Caimán y testimonios incriminatorios.—El caso es hermético —aseguró el fiscal principal, golpeando la pila de documentos—. Tenemos la cadena de custodia de los datos y las transferencias. Según la ley federal, a Sienna le esperan de cinco a diez años en prisión por espionaje corporativo y fraude.A mi lado, Noah me tomó de la mano con firmeza. Marcus, frente a nosotros, mantenía una expresión de piedra. Su devastación se había transformado en una resolución sombría.—Sin embargo —continuó el fiscal, recostándose en su silla—, su abogado ofreció un trato.—Lo escuchamos —intervino Benjamin Ross, nuestro abogado.—Dos años de libertad condicional. Restitución total de los fondos. Quinientas horas de servicio comunitario. Y... —hizo
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