Vanessa, con un vestido dorado de alta costura, bajó las escaleras flanqueada por sus padres, el señor Otávio Mendonça, presidente del grupo, y la señora Estela Mendonça, siempre elegante y con expresión de superioridad.Los flashes no paraban de disparar. Los periodistas gritaban su nombre.Vanessa sonreía, acostumbrada a la atención, mientras su padre saludaba discretamente a los empresarios más influyentes de la ciudad.Ricardo se acercó a ella, tendiéndole el brazo.— Estás deslumbrante.—Lo sé —respondió ella, sin siquiera mirarlo—. Quédate a mi lado. Y sonríe.Él obedeció.En medio de los flashes y las sonrisas ensayadas, posaba como el marido ideal: alto, guapo, el complemento perfecto para una mujer poderosa.Pero sabía lo que todos pensaban: «el hombre que se llevó el gato al agua».Podía sentir las miradas evaluadoras, los cuchicheos disimulados.Mientras Vanessa estaba rodeada de periodistas y empresarios, Ricardo permanecía un paso atrás, invisible.Ella hablaba con elocue
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