Cuando sonó la campana del almuerzo, la gran mesa de madera se llenó rápidamente. Tuvieron que añadir sillas para acomodar a todos. El contraste entre las familias era evidente: los parientes de Natália, habladores y alegres, gesticulaban, reían, se interrumpían unos a otros; en cambio, los Lacerda, la familia de Fernando, mantenían una compostura rígida, voces bajas, miradas comedidas y una elegancia casi fría, como si cada palabra fuera medida antes de pronunciarla.La señora Catarina, con el rostro serio, observaba todo en silencio. La mirada severa, pero sin hostilidad. Mariana, en cambio, parecía incapaz de ocultar su mal humor. Los labios curvados en una media sonrisa falsa, los ojos inquietos y el tenedor golpeando ligeramente el plato delataban su impaciencia.Natalia se sentó junto a la cabecera, el lugar reservado para Fernando, pero él aún no había llegado. El silencio incómodo crecía en torno a su ausencia, hasta que Carlos entró apresuradamente en el comedor.—Disculpen e
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