Su pene era enorme, estaba tan duro, que mi interior palpitó al saberlo tan excitado, pese a que, en realidad, no habíamos hecho mayor cosa. Era blanco, como su cuerpo entero, su piel estaba tensa y su punta era rosada, como sus labios, una vena hinchada y gruesa lo rodeaba desde un lado, subiendo por la bara hasta perderse antes de llegar al capullo. Palpitaba y se movía sobre su torso. Una lágrima sola brillaba en su ojo ciego, tan erótico, que terminé de mojar las bragas por completo.Tragué saliva y subí los ojos a los suyos, que me miraban con ardor, quemando mi piel, mancillándome.Le quité los pantalones por completo, alzándome un poco para no dejar de verlo, para prendarme de esas pupilas oscuras, de sus pozos grises que me admiraban con resquemor, con pasión.―Levántate ―ordenó poniendo una de sus manos sobre mi mandíbula, casi sin moverse para agárrame la cara.Le hice caso, me puse en pie. Me soltó cuando estuve medio parada y luego se alejó, moviendo la silla, quedándose a
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