Capítulo 130 —El Peso del OroEl estruendo de los fusiles de asalto en el exterior de la propiedad cesó de golpe, dejando un vacío sonoro que solo fue ocupado por el siseo del viento invernal filtrándose por las grietas del ala este. Los guardias periféricos de Christian Roger habían sido borrados del mapa con la precisión que caracterizaba a los hombres del Diablo. Adentro, en la suite principal, el aire seguía pesado, saturado de ese olor ferroso, espeso y caliente que deja la muerte cuando se ensaña con la carne.La puerta del dormitorio, ya sin cerrojo, se abrió con un crujido lento. El primero en ingresar al santuario de sangre fue Dante Adler.Tenía el fusil táctico bajo el brazo, con la boca del cañón apuntando al suelo, y su rostro, habitualmente una máscara de mármol inexpresiva, mantenía la alerta del combate. Al cruzar el umbral y registrar la escena, sus ojos se detuvieron un segundo. No es que se escandalizara; Dante se había criado en los sótanos más oscuros de la dinastí
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