Ya no era una observadora; ahora estaba dentro. El ritmo del proyecto había cambiado, volviéndose más exigente y preciso, pero yo ya no dudaba de mis capacidades. —Alexandra —dijo Miguel acercándose a mi escritorio—, Daniel te está buscando. Lo encontré revisando una serie de carpetas con gesto concentrado.—Tenemos reunión con los inversionistas —soltó sin rodeos— vas a entrar. —¿Yo? —lo miré, sorprendida. —Sí, Escucha y si es necesario….habla. No pregunté más y simplemente asentí. La sala de reuniones era más grande de lo que esperaba; formal, silenciosa y cargada de una importancia palpable. Adrián estaba al frente, controlando cada hilo de la conversación. No me miró al entrar, pero por la forma en que se tensó su mandíbula, supe que había notado mi presencia, la reunión avanzó entre datos, proyecciones y decisiones hasta que algo en la presentación no encajó con mis análisis. — Esa proyección no contempla el ajuste inicial —solté. El silencio fue inmediato y absoluto. Todas l
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