El aire de la terraza me golpeó el rostro en cuanto crucé el umbral, era un frío gélido pero necesario, el tipo de choque que necesitas cuando sientes que tu propia piel te quema, intenté respirar pero mis pulmones parecían haberse vuelto de piedra.Seguía ahí atrapada en la barra, en la forma en que Adrián me había mirado, en su cercanía, en la confesión que quedó suspendida entre nosotros. Había estado a punto de pasar algo y ese algo no debía suceder.Me apoyé en la baranda, apretando el metal frío hasta que me dolieron las palmas. Cerré los ojos, tratando de borrar la imagen de Adrián.—Siempre fuiste de huir cuando las cosas se complicaban, Alex.Entonces mi mundo se detuvo, el sonido de la fiesta, el viento, mi propio corazón... todo se hizo silencio... Esa voz... No, no podía ser. Me giré con lentitud rogando que fuera una alucinación producto de la ansiedad.Pero allí estaba él, Damián.Mi pasado de pie bajo la luz de la luna, luciendo como un fantasma que se negaba a descansa
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