Mientras los hermanos Moretti viajaban juntos, ajenos a todo lo que se estaba quebrando en la vida de otros, en la ciudad donde residía la familia Landeros el ambiente era completamente distinto. En la casa familiar, Leonel Landeros observaba en silencio a Silvia, quien reía mientras acariciaba con naturalidad su vientre. La escena parecía tranquila, casi familiar… demasiado perfecta. Leonel desvió la mirada por un segundo. Siempre había soñado con algo así: con una vida estable, con una mujer a su lado, con hijos, con un hogar donde no existieran traiciones ni silencios incómodos. Pero ese sueño tenía un rostro específico… el de Lucía. Se levantó de golpe, y Silvia reaccionó casi de inmediato, acercándose un paso. —¿Te acompaño? —preguntó ella con suavidad. —No —respondió él de inmediato, mientras ajustaba su uniforme y acomodaba las medallas con un gesto rígido, casi automático. Su madre y su hermana lo observaron en silencio. No necesitaban preguntar nada. Todos sabían
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