El aire en la habitación se había vuelto denso, cargado de un magnetismo que hacía que cada vello de mi cuerpo se erizara. Estar de rodillas frente a Maya, sintiendo el frío anillo de acero del collar contra mi nuez, era una experiencia que desafiaba cada fibra de mi entrenamiento, cada gramo de mi instinto de mando. Yo era el Capitán Petrova; yo era el hombre que entraba en edificios en llamas cuando todos los demás huían. Pero aquí, bajo la mirada esmeralda de la mujer que el mar me había entregado, mi rango no valía nada.—Mírame, bonita —susurré, mi voz saliendo como un rugido contenido, una mezcla de súplica y adoración.Era la primera vez que usaba ese apelativo desde esta posición. Siempre había sido mi palabra de posesión, mi forma de marcar territorio. Ahora, sonaba a entrega. Maya tiró del collar con una fuerza sorprendente, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo mi garganta.—No hables a menos que te lo pida, Connor —sentenció ella. Sus dedos se enredaron
Leer más