53. Un beso al borde del abismo
Elara se quedó paralizada en el umbral de la puerta. Sus pies parecían clavados al suelo, negándose a obedecer la orden de su cerebro de salir corriendo. Frente a ella, Jaxon se acercaba. El hombre ya no llevaba su máscara de arrogancia. Lo único que quedaba era una fragilidad brutal envuelta en ira y un deseo incontrolable. Su torso desnudo, cubierto de moretones y tatuajes, subía y bajaba rápidamente; cada respiración sonaba pesada y ronca.—Jaxon... no lo hagas —susurró Elara, levantando las manos frente a su pecho como si formara un escudo frágil—. Estás gravemente herido. Tienes que descansar. Tienes fiebre.—No necesito descansar —gruñó Jaxon, deteniéndose justo delante de Elara. La distancia entre ellos era tan pequeña que Elara podía sentir el calor que emanaba del cuerpo del hombre. El olor a menta, a sudor y a algo más oscuro, un olor a pólvora y a sangre, asaltó su olfato—. Necesito desahogarme.Los oscuros ojos de Jaxon la miraban salvajemente, escudriñando cada centímetro
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