55. Ecos de secretos al amanecer
La puerta de la habitación de Elara se cerró herméticamente con un clic que resonó en el silencio del Ala Oeste. Apoyó la espalda contra la caoba y se deslizó hacia abajo hasta quedar sentada sobre la alfombra.
Su cuerpo, empapado por la lluvia, temblaba de frío. Sin embargo, no era el clima nocturno de Seattle lo que la hacía temblar violentamente, sino el calor de los labios de Jaxon, que parecía seguir quemándole la piel.
¡Fue un error porque ahora nunca podré dejar de desearte!
La confesión