11. Una advertencia al volante
Dormir fue una tarea imposible para Elara esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen del rostro de Jaxon acorralándola en la biblioteca, acompañada por el rugido de la motocicleta atravesando la tormenta a las dos de la madrugada, volvía para atormentarla. La gélida advertencia de los labios de aquel hombre parecía haberse instalado bajo su piel, haciéndola temblar sin parar a pesar de estar envuelta en su gruesa manta de seda.A la mañana siguiente, Seattle amaneció bajo un cielo gris y bajo. Elara estaba sentada, muy rígida, en el asiento trasero del reluciente sedán Audi negro de la familia Thorne. El aire acondicionado dentro de la cabina olía a cuero caro, pero ese lujo no lograba calmar los latidos de su corazón. Miraba hacia abajo, observando su suéter de punto color hueso y sus jeans informales, apretando repetidamente el asa de su bolso de lona sobre su regazo.Hoy era su primer día en la Universidad de Seattle.En el asiento del conductor, Thomas, el veterano chófer
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