Leónidas.La ultima vez que la había encerrado en esa sala, su mirada era completamente diferente. Ahora sabía que ella quería estar allí, que no me pediría que la dejara ir, que… me necesitaba.Y eso, después de todo lo que habíamos pasado, me hacía sentir más que agradecido.Mi mujer tanteó la mesa de metal con sus manos, una sonrisa pequeña, casi nerviosa, apareció en su rostro. Yo seguí avanzando, hasta que estuvimos frente a frente.Nuestras respiraciones se mezclaron, de una forma deliciosa, casi adictiva.Acaricié su rostro con mis dedos, la silueta de su boca, su mentón. La intensidad en su mirada aumentó mientras escurría las manos en mi pecho.Sus manos… Esas que habían sido heridas, pero me habían transformado en arte, las que me enseñaron a sentir lo que era ser amado de verdad, aflojaron mi corbata, me quitaron los botones.Yo no podía hacer más que mirarla, buscando su mirada nerviosa.¿Por qué lo estaba? ¿No sabía acaso lo que causaba en mí? Cada noche, cada hora, cada
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