El regreso a la ciudad había sido más difícil de lo que esperaba. Después de dos meses de aire puro, de cielos estrellados y de la libertad de correr por el campo sin preocupaciones, el penthouse me pareció una prisión de cristal y acero. Las paredes, antes acogedoras, ahora se cerraban a mi alrededor como una jaula, y el ruido constante de la ciudad, que antes apenas notaba, se había convertido en un martilleo incesante en mi cabeza.Había algo más, sin embargo. Algo que no podía explicar, pero que sentía en lo más profundo de mi ser. Una inquietud, una sensación de cambio inminente que me mantenía despierta por las noches, mirando el techo y escuchando los latidos de mi propio corazón.Los primeros síntomas fueron sutiles. Un cansancio que no desaparecía con el descanso, un leve mareo por las mañanas que atribuí al estrés del regreso, un olor a café que de repente me resultaba insoportable. Pero cuando pasó una semana y los síntomas no solo no desaparecían, sino que se intensificaba
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