El sol de la mañana se filtraba a través de los ventanales del penthouse, pero yo apenas lo notaba. Mis ojos estaban fijos en la pantalla del ordenador, donde los archivos que Laura nos había proporcionado antes de volver al hospital se desplegaban como un mapa del infierno.Nombres, direcciones, fechas, transacciones. Todo estaba allí. La red de Samuel se extendía como una telaraña venenosa, conectando a políticos, criminales, abogados y empresarios en una maraña de corrupción y violencia.Richard Sterling, el abogado que había manejado las finanzas de Samuel durante décadas, era solo la punta del iceberg. Viktor Volkov, el jefe de la mafia rusa, era una pieza más en el tablero. Pero el verdadero problema era Thomas Crawford, el senador. Un hombre con poder, influencia, y un secreto que lo ataba a Samuel de una manera que ni siquiera los otros cómplices conocían.—¿Has dormido algo? —preguntó William, entrando en la sala con dos tazas de café humeantes.—Un par de horas —mentí, acept
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