El silencio que siguió fue tan denso que casi pude palparlo. William se llevó las manos al rostro, y por un momento, solo un momento, vi en sus ojos al niño que había perdido a su madre demasiado pronto, al adolescente que había tenido que crecer antes de tiempo, al hombre que había cargado con el peso de un imperio sin pedir ayuda a nadie.
—No vamos a ir —dijo finalmente, con la voz quebrada.
—No podemos quedarnos quietos —respondí.
—Helena...
—No, William. —Lo enfrenté—. No voy a quedarme en