La habitación estaba al final del pasillo. La puerta, cerrada. El pomo, frío bajo mis dedos.
La abrí.
No había nadie.
La cama estaba hecha, como si nadie la hubiera usado en años. Las cortinas, cerradas. El polvo cubría los muebles, y en el aire flotaba un olor a cerrado, a tiempo detenido, a recuerdos enterrados.
—No hay nadie, señora —Dijo el paramédico.
—La vi. —Apreté los puños. —La vi, aquí estaba.
—Quizá fue una sombra. O un reflejo. Con el golpe en la cabeza...
—No fue una sombra. No fue