El sol de la mañana se reflejaba en el espejo retrovisor del coche mientras me alejaba de la mansión Winchester, con la bolsa de plástico en el asiento del copiloto y la cabeza llena de preguntas que no sabía cómo formular. Las imágenes de las fotografías aún ardían en mi retina: Victoria en la cama de hospital, Samuel abrazando a la mujer desconocida, la carta de confesión escrita con una letra temblorosa que parecía temer a su propio contenido. La voz de Charles Winchester, grabada en aquella