—Hola, tío —dijo—. Hacía tiempo.
—Demasiado —respondió Samuel—. Has crecido.
—Tú también has envejecido.
—La muerte no da tregua.
—La muerte no. La justicia, sí.
—¿Crees que puedes hacerme justicia?
—Creo que puedo intentarlo.
Samuel rió. Fue una risa amarga, desgarrada, que resonó en el almacén vacío como un eco de ultratumba.
—Eres ingenuo, William. Como tu madre.
—No hables de mi madre.
—¿Por qué? ¿Te duele? ¿Te duele saber que la maté? ¿Te duele saber que la envenené lentamente, para que su