La noche antes de la reunión con Samuel no pude dormir. No porque tuviera miedo, aunque lo tenía, sino porque no podía dejar de pensar en todo lo que había perdido y en todo lo que aún podía perder si aquello salía mal. William estaba a mi lado, profundamente dormido, con el brazo todavía rodeando mi cintura y la respiración pausada. La luz de la luna entraba por los ventanales, bañando su rostro en un resplandor plateado que hacía que pareciera más joven, más vulnerable, más humano. Lo observé un momento, sintiendo cómo el amor que sentía por él me llenaba el pecho como un globo a punto de estallar.No había sido fácil llegar hasta aquí. Había dejado atrás mi país, mi familia, mi nombre. Había enfrentado a Laura, a Guillermo, a Beatriz, a Isabel. Había visto a mi padre recibir una bala destinada a mí. Había dado a luz a un hijo en medio del caos. Y ahora, después de todo, estaba a punto de enfrentarme al hombre que había envenenado a la madre de William, el hombre que llevaba décadas
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