No sé cuánto tiempo pasó. Minutos, quizá. Horas, tal vez. El tiempo se había vuelto difuso, elástico, como la goma de mascar que los niños estiran hasta romperla. Lo único real que sentía era el dolor. Y el miedo.
Entonces oí una voz. Lejana al principio, luego más cerca. Un hombre. Gritando.
—¡Señora! ¡Señora, ¿me oye?
Parpadeé. Intenté enfocar la mirada. Un rostro desconocido, enmarcado por una gorra azul con el escudo de los servicios de emergencia, apareció frente a mí.
—¡Señora, no se muev