El sol ya estaba alto cuando Noah y Alejandro, vestidos de gala, esperaban impacientes en el altar. El arco de jazmines se mecía con el viento, y las sillas estaban llenas de invitados que murmuraban con una mezcla de curiosidad y preocupación. Elena, que había visto demasiadas guerras, mantenía la calma con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Caleb, en cambio, no podía ocultar una sonrisa de oreja a oreja que escondía detrás de su copa de champán. Sus dedos, apoyados sobre la mesa de la barra, tamborileaban un ritmo que solo él conocía, como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible.—¿Dónde está mamá? —preguntó Leo, con los ojos muy abiertos, como si esperara una respuesta que no llegaba.—Va a llegar, Leo —respondió Noah—. Solo se están demorando un poco.—¿Y Clara? —preguntó Tobías, desde un rincón.—También va a llegar, hijo —dijo Alejandro, arrodillándose para estar a la altura del niño—. No te preocupes. Todo va a salir bien.Pero los minutos pasaron, y las novias no ll
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