La mañana siguiente, Juan Diego llegó a la oficina con el corazón liviano. La noche anterior había sido perfecta. La fiesta, el baile, las miradas, el auto, el amor. Y lo mejor de todo: despertar al lado de Lenna, con Diego gateando hacia ellos, con el sol entrando por la ventana. Nada podía arruinar su día. Nada.Entró al edificio saludando a los empleados, con una sonrisa que no podía ocultar. Subió al piso de la dirección, dejó su maletín en la oficina, y se dispuso a revisar los correos pendientes. Pero antes de que pudiera sentarse, la puerta se abrió.—Juandi —dijo Alexandra, entrando con pasos lentos, seguros, felinos.Llevaba puesto un vestido rojo, corto, que dejaba ver sus piernas largas y bronceadas. El cabello suelto, los labios pintados de rojo oscuro, los ojos delineados con una intensidad que no pasaba desapercibida. El tacón alto hacía que sus caderas se movieran de un lado a otro con cada paso, como si caminara sobre una pasarela.—Alexandra —respondió Juan Diego, sin
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