**Narrado por Noah**El aire en el pasillo de la unidad de cuidados críticos de Siena parecía haberse vuelto denso, como si el oxígeno estuviera siendo succionado por un vacío invisible. Estaba en la puerta de la habitación de Emma, apoyado en el bastón de roble, observando a través del vidrio reforzado cómo sus dedos, marcados por las vías, se movían con una lentitud apenas perceptible. El monitor cardiaco emitía un pitido constante, un metrónomo de vida que me impedía desplomarme allí mismo.Mis pensamientos eran un laberinto de furia contenida. El doctor Gatti me había dado un respiro, asegurándome que la quelación estaba actuando y que, aunque el proceso sería largo, Emma no corría peligro inminente de muerte. Sin embargo, mi mente no estaba en la recuperación, sino en la cacería. Alguien había cruzado la línea roja. Alguien había entrado en el santuario de mi hogar y había depositado la ponzoña en el torrente sanguíneo de mi mujer. Juré que, antes de que el sol volviera a salir,
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