(POV de Rodri)El aire en la escalera norte estaba estancado, oliendo a piedra fría y al sebo chisporroteante de las antorchas nocturnas. Estiré el cuello, las vértebras chasqueando con un sonido seco y rítmico que resonó en el espacio hueco. Mi turno en la puerta de la suite principal había terminado. Había pasado las últimas ocho horas escuchando el silencio de una tumba detrás de las puertas del Alfa, puntuado solo por el ocasional sonido de los pasos de Sofía o el rasguño de una silla.Estaba a mitad de las escaleras, la mente fija en un cuenco de gachas calientes y cuatro horas de sueño, cuando una sombra se despegó de la base de la pared.—Señor. Rodri, señor.La mano no se movió hacia la espada, pero la postura cambió, el peso asentándose en las puntas de los pies.—¿Diego?
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