(POV de Alejandro)La suite principal se sentía como una fortaleza de silencio, un santuario de piedra gruesa y luz parpadeante de fuego, hasta que las primeras notas ásperas de disenso se filtraron desde el patio de abajo. Estaba de pie junto al escritorio de caoba, los dedos trazando el borde del libro de cuentas encuadernado en cuero que no había podido leer en horas. El aire en la sala era cálido, pesado con el olor a cedro y el leve rastro aromático del agua con menta que Sofía había estado bebiendo.Sofía estaba de pie cerca de las pesadas cortinas de terciopelo. Se quedó paralizada al oír el sonido de las voces elevadas — un grito lejano y granular que cortó la paz del ala. Se giró hacia mí, los ojos abiertos y escrutadores, la silueta enmarcada por el resplandor ámbar del hogar.—El pasillo —susurró, la voz una suave vibración argéntea—. Hay gente fuera. Guardias.—No están en el pasillo, Sofía —dije, la voz un zumbido bajo y sonoro. Caminé hacia ella, las botas amortiguadas p
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