Dayana no estaba dispuesta a perder lo que, según sus propios cálculos, ya le pertenecía por derecho. Se había casado con Gerónimo con un objetivo gélido y preciso: su fortuna. No había un solo rastro de afecto en sus gestos; nada en aquel hombre, más allá de sus cuentas bancarias y sus propiedades, despertaba el más mínimo interés en ella. Para Dayana, el matrimonio no era un vínculo sagrado, sino la inversión más ambiciosa de su vida, y no permitiría que nada, ni nadie, pusiera en riesgo su botín. Mientras tanto, el lujo se sentía como una ironía amarga para Ana Laura. Al cruzar el umbral del hotel más exclusivo de la zona, no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espalda. Era una turista más en su propia ciudad, una mujer con la capacidad de costearse la suite más cara, pero la opulencia de las alfombras y las lámparas de cristal no lograba silenciar los fantasmas del pasado. Aquella era la misma ciudad que la vio nacer, el lugar donde ella y su hermano habían camina
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