Dayana sabía que mientras Don Martín confiara en Alejandro y Ana Laura, ella y Gerónimo nunca tendrían el control total. Por eso, comenzó un plan mucho más peligroso que las simples burlas.
Cada tarde, Dayana se encargaba de llevarle el té o las medicinas al estudio del abuelo. Se sentaba con él y, con una voz suave y fingida preocupación, soltaba su veneno.
— Ay, suegro... me preocupa tanto Alejandro —decía suspirando—. Lo veo tan cambiado desde que se casó con esa muchacha. ¿No le parec