Don Martín se recostó en su silla, observando a Ana Laura con una intensidad que parecía perforar su piel. El silencio en el gran comedor se volvió asfixiante, roto solo por el tictac de un reloj de pared que marcaba el tiempo como una cuenta regresiva.
—Te veo asustada, pequeña —dijo el patriarca con una voz que suavizó un poco su aspereza. ¿Estás realmente enamorada de mi nieto? Porque hace unos días no sabíamos de ti.
—Solo quiero que Alejandro sea feliz, señor —logró decir, apegándose