EmmaLo agarré de las orejas como si fuera un niño travieso. Magnus soltó un gruñido de sorpresa, pero no se resistió cuando lo arrastré hacia dentro de la casa. Cerré la puerta de un golpe seco y lo solté solo para plantarme frente a él con las manos en la cintura.—Dame todo lo que tienes en los bolsillos. Ahora.Él me miró con esos ojos rojizos que todavía me robaban el aliento, pero obedeció. Metió las manos y sacó varios montones de billetes arrugados. Los puse sobre la mesa de la cocina, que todavía olía a la madera vieja y barata. Empecé a contar en silencio, separando los billetes. Cien, doscientos… mil… mil quinientos… dos mil trescientos.Era muchísimo dinero.Levanté la vista hacia él, con el corazón latiéndome fuerte. Magnus estaba ahí parado, grande, imponente, con la camiseta todavía sucia del trabajo de construcción y esa expresión de “lo hice por ti” que me partía en dos.—¿Te hiciste daño? —pregunté, tomando su brazo derecho. Lo giré, buscando moretones, hinchazón, cu
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