88. Lluvia de acero sobre el hielo
El estridente sonido de la alarma inundó la cabina del avión de mando. Una luz roja parpadeaba frenéticamente, deslumbrando la vista. La pantalla del radar de Daniel estaba repleta de cientos de puntos amarillos que ascendían a gran velocidad.—¡Los misiles han fijado nuestro fuselaje! —gritó el piloto desde la parte delantera; sus manos se aferraban a los mandos con pánico.—¡Rompan la formación ahora mismo! —ladró Daniel por la radio—. Todos los cazas furtivos, desciendan a baja altitud. Destruyan sus lanzaderas sin dejar rastro.El gigantesco avión de carga se inclinó bruscamente hacia la derecha. Bianca sintió un violento revuelo en el estómago. Se aferró con fuerza al cinturón de seguridad. Su respiración se agitó rápidamente.—Daniel, no podemos esquivarlos todos —dijo Bianca, tensa, mirando las pantallas de Oráculo, llenas de advertencias.—Tenemos que aguantar hasta que la tormenta electromagnética descienda por completo —respondió Daniel. El hombre se puso de pie, manteniendo
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