39. La sentencia de muerte de la princesa exiliada
El aire en la sala de interrogatorios subterránea se sentía más denso y tóxico que antes. El sonido de unos pasos acercándose rompió el tortuoso silencio, y su eco rebotó contra los gruesos muros de hormigón.Richard Eleanor, atado e indefenso en una silla de metal, con el dedo índice roto y cubierto de sangre seca, se obligó a levantar la cabeza. Sus ojos, hinchados y enrojecidos de tanto llorar, se clavaron en las dos figuras que ahora permanecían bajo el deslumbrante resplandor de las luces blancas.Daniel Hartwell estaba allí, en silencio, y su aura irradiaba pura muerte. Sin embargo, lo que hizo que el corazón de Richard cayera hasta el fondo de su estómago fue la figura de la mujer envuelta en una gabardina negra, de pie junto al mismísimo demonio.—B-Bianca —llamó Richard. Su voz sonaba ronca, quebrada y patética.El hombre de mediana edad intentó curvar las comisuras de sus labios, forzando una sonrisa falsa que se veía espantosa en su rostro pálido como la cera. Intentó jugar
Ler mais