43. El juramento de lealtad de los Caballeros de las Sombras
En las profundidades subterráneas de Seattle, a cientos de metros por debajo del bullicioso Puerto Norte, bañado por la lluvia, se ocultaba un mundo que no figuraba en ningún mapa. No había letreros, ni ventanas, ni ningún acceso que los satélites gubernamentales pudieran rastrear.Este búnker, revestido con hormigón y acero de dos metros de espesor, era el centro neurálgico del Imperio de las Sombras, el reino clandestino de Daniel Hartwell. Desde allí se controlaban todas las operaciones ilegales, el lavado de dinero, las redes de espionaje y las ejecuciones letales con una precisión que superaba a la de cualquier agencia de inteligencia.En la sala de reuniones principal, cuyas paredes estaban cubiertas de monitores analíticos, el aire se sentía tan pesado como el plomo. Alrededor de una gigantesca mesa redonda de obsidiana negra se sentaban cinco personas. No eran ejecutivos de corbata de seda a los que les gustara perder el tiempo con presentaciones aburridas. Eran los cinco jefes
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