POV de NINA—¡Carlos, cierra la puta puerta y no dejes entrar ni al médico del Ruber! —siseé, arrojando mi portafolios de cuero sobre el sofá sin importarme que los balances de Zúrich salieran rodando por el suelo.Jose se desplomó en la alfombra, al pie de la cama matrimonial, con la espalda apoyada contra el canapé. Tenía la camisa gris de lino hecha jirones, empapada en un carmesí pastoso que se extendía desde la tercera costilla hasta el pantalón negro. Su respiración era un silbido ronco, roto, un chasquido biológico que delataba que el pulmón derecho se le estaba inundando de nuevo por el esfuerzo animal de la mañana. Su cara, habitualmente una roca de granito sociopath, estaba desencajada, blanca, con los ojos grises fijos en el techo, brandando por la fiebre de cuarenta grados.Me arrodillé frente a él sin quitarme el traje gris marengo. La seda de mi blusa se manchó de mediato en las rodillas al tocar el charco que goteaba de su costado.—Mírame, Jose. Mírame —le ordené, agar
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