Todo el layout informático estaba operativo, los candados digitales del fideicomiso de Mateo permanecían blindados en verde bajo la custodia de mi pulgar biométrico.
Me encontraba sentada en el sillón presidencial de cuero negro, con las manos entrelazadas sobre la superficie de caoba pulida. Llevaba un traje sastre de tres piezas en color gris marengo, la blusa de seda blanca abrochada hasta el último milímetro de mi cuello y mis gafas de lectura perfectamente ajustadas sobre la nariz. Era el