Llevaba la americana negra abrochada hasta el último botón para contener la compresión del vendaje. Bajo el lino de la camisa, la costura de seda que Nina me había clavado en París goteaba de nuevo, un flujo rosa y constante que ya empezaba a empapar la tela a la altura de la tercera costilla. Tenía la frente empapada de un sudor frío, pastoso, y los ojos grises inyectados en sangre por la fiebre que había vuelto a trepar a los treinta y nueve grados en cuanto forcé la cerradura biométrica del