Punto de vista de CamilaEnzo tenía un aspecto terrible. La piel pálida, casi gris, y la respiración superficial.Me senté a su lado en la cama de la habitación de invitados, sujetando su mano fría entre las mías, deseando con todas mis fuerzas que abriera los ojos.—Por favor, ponte bien —susurré—. Por favor, Enzo. No puedes dejarme ahora. No después de todo lo que ha pasado.El médico que había llamado mi padre dijo que Enzo se recuperaría: hipotermia, agotamiento, una conmoción leve, nada que no sanara con descanso.Aun así, verlo tan quieto y vulnerable me apretaba el pecho.Había estado tan enfadada con él por dejarme sola en aquella cocina.Por elegir aquella llamada en vez de mí. Pero ahora, mirándolo apenas vivo, la rabia se disolvía.Le aparté el pelo húmedo de la frente. Alguien le había cambiado la ropa mojada por un pijama seco, pero el cabello seguía húmedo y olía a agua de río.—Descubrí la verdad —le dije, aunque no pudiera oírme—. Sobre mi madre, sobre Lucía, sobre tod
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