Punto de vista de Mateo
La llamada de Pedro duró menos de treinta segundos, pero sus palabras seguían resonando en mi cabeza como un eco que no se apagaba.
«Me arrepiento de haberme unido a la mafia. Estoy dejando el juego.»
Un hombre como Pedro no se retiraba así. No se rendía, no admitía derrota, no se marchaba sin más.
Eso solo podía significar que algo catastrófico estaba a punto de estallar.
—Llama a la policía —le ordené a Camila, con voz cortante y urgente—. Ahora.
Ella sacó el teléfono