El domingo trajo una mañana fría, el jardín de la mansión en Kanlıca se movía con precisión absoluta igual que su reina. Quien supervisaba la mesa para que a sus príncipes no le faltara nada. Minutos más tarde todos se sentaron. A su derecha, Aras. Estaba extrañamente silencioso, bebiendo su té con una calma que a Fatma le resultaba sospechosa. A su izquierda, Burak, el hijo del medio. Burak mantenía la espalda recta y la mirada fija en su plato. Para él, estar de vuelta no era un regreso al hogar, era una misión de rescate. Siempre había sentido que, a ojos de su padre, él era solo la sombra entre el brillo del heredero (Aras) y la libertad del menor (Emre). La llegada de los tíos, Orhan, Ishak y Demir, rompió la frágil armonía. Entraron con paso pesado, saludando a Burak con una efusividad que ocultaba su propia desesperación. —¡Burak! El hijo que sabe cuándo su familia lo necesita —exclamó Orhan, dándole una palmada en el hombro—. Qué diferencia con otros que solo traen
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