Tras el silencio inicial, el aire en la sala de juntas cambió de polaridad. Los rostros de los inversionistas minoritarios y los accionistas externos, hombres que solo entienden el lenguaje de los dividendos, pasaron del pánico a una euforia contenida.
—Aras Bey, esto es... increíble —murmuró uno de los accionistas, ignorando deliberadamente la furia de Fatma—. Nagoya no firma con cualquiera. Si ellos confían en nuestro acero para Azerbaiyán, nuestra calificación crediticia va a subir tre