El café era un establecimiento pequeño, rústico, con mesas de madera desgastada por el salitre y una terraza acristalada que colgaba prácticamente sobre los acantilados del mar Negro. A esa hora de la mañana, el lugar estaba desierto, ofreciéndoles la privacidad que tanto necesitaban.
Aras pidió dos tés turcos tradicionales en vasos de fisionomía de tulipa. Esperó a que el camarero se retirara antes de apoyar los antebrazos en la mesa y fijar sus ojos grises en ella. Melani aún no se acostumb