Perspectiva de Ella
El repentino contacto de las manos de Alexander en mi espalda, expuesta por el atrevido escote de mi vestido, hizo que la piel se me pusiera en llamas.
—¿Y por qué haría algo así, cariño? —se rió—. Últimamente no deja de hacer esas bromitas, todo porque anoche olvidé masajearle los pies.
"¿Masajearme los pies?", me pregunté.
No sabía qué me resultaba más extraño: su risa, el abrazo o ese supuesto masaje de pies. Las tres cosas eran tan poco propias de él que, por un segundo,