MaríaLas sirenas de la dársena del canal sonaban tan fuerte que me hacían vibrar los dientes. Estábamos corriendo. Teníamos que correr porque, si no lo hacíamos, la Autoridad de Cumplimiento se lo llevaría todo. El convoy de harina estaba justo allí, a unos pocos metros por delante, deslizándose en el agua oscura. Alargué la mano, intentando agarrarme a alguien, a cualquiera, para evitar que el mundo se derrumbara.Entonces, las sirenas cambiaron.El tono chillón de las alarmas se desvaneció lentamente, suavizándose hasta convertirse en un pitido único y perezoso. Otra vez. Y otra vez.Parpadeé. La oscuridad del canal no se disipó en la noche. En su lugar, un resplandor blanco y agudo me atravesó los párpados. Era tan brillante que me hacía latir la cabeza con un dolor sordo y pesado. Cerré los ojos con fuerza, pero la luz seguía abriéndose paso.Intenté respirar, pero sentía el pecho como si alguien hubiera aparcado un camión encima. El olor a lejía fue lo primero que registré de v
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