María
Las sirenas de la dársena del canal sonaban tan fuerte que me hacían vibrar los dientes. Estábamos corriendo. Teníamos que correr porque, si no lo hacíamos, la Autoridad de Cumplimiento se lo llevaría todo. El convoy de harina estaba justo allí, a unos pocos metros por delante, deslizándose en el agua oscura. Alargué la mano, intentando agarrarme a alguien, a cualquiera, para evitar que el mundo se derrumbara.
Entonces, las sirenas cambiaron.
El tono chillón de las alarmas se desvaneció