María Martínez López
El asiento del pasajero de cuero del coche de Carlos era suave, amoldándose a mi espalda de una manera que me hacía sentir a salvo. Durante dos semanas, mi vida había sido un ciclo lento y repetitivo de pasillos de hospital, salas de rehabilitación y el chirrido de mis zapatillas sobre suelos encerados. Mis piernas todavía tenían un ligero temblor cuando caminaba demasiado rápido, pero hoy, la rigidez de mis articulaciones se sentía más como un recordatorio del esfuerzo que