Perspectiva: María Martínez LópezEl viento que venía del viejo puerto era cortante, cargado del aroma penetrante y salado del océano y del toque metálico del astillero. Estaba de pie en la terraza del histórico edificio de piedra, con el cuello del abrigo subido para protegerme del frío. Debajo de nosotros, el puerto era un desastre de aguas grises y acero oxidado, pero al mirar el largo y estrecho muelle de piedra que se extendía hacia el horizonte, se me cortó la respiración.Era el canal.No la dársena helada y de pesadilla de mis sueños en coma, sino el real. Era el espacio físico que mi subconsciente había retorcido hasta convertirlo en un lugar de sufrimiento. Aquí, a la luz del día, el agua no era más que agua. Los muros de piedra eran simplemente granito viejo, desgastado por un siglo de mareas. Era hermoso, de una forma dura e industrial.—Recuerdo esto —susurré, con la voz apenas audible por encima del sonido de las olas golpeando los pilares—. Recuerdo la curva del muelle.
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