El silencio en la habitación solo se rompía por la fricción de nuestras pieles sudorosas.Alan detuvo el movimiento de sus caderas.Estaba profundamente hundido en mí, el calor de su cuerpo envolviéndome por completo, pero su respiración se cortó. Apreté los párpados, dejando escapar un suspiro entrecortado, esperando que él continuara, fingiendo estar al borde del clímax.Pero no lo hizo.El peso de su cuerpo se tensó sobre el mío. Sentí sus manos, que descansaban a ambos lados de mi cabeza, cerrarse en puños sobre las sábanas.—Abre los ojos, Adriana —ordenó. Su voz no era la de un hombre perdido por la lujuria. Era áspera, baja y dolorosamente sobria.Me resistí un segundo, el pánico quemándome la garganta, antes de obedecer.Abrí los ojos. La luz de la luna iluminaba el rostro de Alan, suspendido a escasos centímetros del mío. Su expresión me rompió en mil pedazos. No había enojo. No había la furia gélida que le había mostrado a David. Lo que había en sus ojos era una decepción pr
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