[Adriana]El pestillo de la puerta de caoba giró con un chasquido sordo que pareció detener el tiempo en el piso cuarenta de Brooks Investments.Empujé la madera y entré, cerrando de inmediato a mis espaldas para bloquear las miradas aterrorizadas de los ejecutivos que esperaban un milagro en el pasillo. La oficina estaba en penumbra, con las persianas automatizadas bajadas hasta el suelo. El olor a whisky rancio y tensión pura me golpeó el rostro al instante. En la alfombra, cerca de uno de los sillones, brillaban los restos destrozados de una botella de cristal.Alan estaba de pie frente al inmenso ventanal oscurecido, dándome la espalda.Se había quitado la chaqueta del traje. La camisa blanca estaba arrugada y arremangada hasta los codos, dejando a la vista la tinta oscura de sus brazos. Su postura era rígida, como si cada músculo de su cuerpo estuviera a punto de romperse por la presión.—Te dije que te quedaras en casa, Adriana —Su voz no fue un grito, pero la frialdad con la qu
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